Tierra Sin Olvido

Una figura disuelta entre el hervor del suelo y el aire seco y polvoroso, marcha tortuosa sobre el camino, tras de si arrastra a una bestia cabizbaja cuyo lomo se eleva como a medio metro mas arriba de su propio cuerpo. El andar de ambos es lento y fantasmal, fundido en el árido contorno de los cerros. Conforme avanzo sobre la entrada, el calor desbarata ambas figuras haciendo difícil distinguir el rostro de lo que sin duda se trata de un anciano jalando una bestia cargada de madera. Paso de largo y no alcanzo a distinguir su cara debajo del raído sombrero de palma, solo una sombra negra y profunda se divisa. Volteo por el espejo y no está, tal vez haya dado vuelta en alguna vereda justo antes de pasarlo o tal vez el polvo dejado por el auto no me permitió verlo, no lo sé
Al dejar la ciudad, en los pueblos, en el campo, un enrarecimiento del ambiente, un vacío entre el tiempo y el cielo. La inmovilidad se apodera de todos los sentidos, hasta el aire se detiene ayudado por el calor, un calor tan seco y asfixiante que adquiere vida y personalidad propia y posesiva, tomando a su paso cada espacio existente y sacando de ahí todo indicio de humedad y refresco.

Se respira de color verde, todos los olores de las ramas, de los árboles, de los pequeños arbustos y hasta el forraje de los animales, se enredan en fusión que inunda la nariz y que llevan un doble fin: nublar los sentidos, dejarlos innermes para dejarse llevar al paraíso olvidado, al rincón de la tierra donde miles se preparan con dósis de nostálgia para ir en busca de la tierra prometida.

Llego a las primeras casas, saludando al comité de bienvenida –Tres perros flacos y una gallina sublevada- el pueblo en la misma quietud de hace quince años y de hace treinta y de hace cien, como dije; es un andar y des andar en el tiempo, es el paso de los santitos; unos pasitos para adelante y otros tantos para atrás. Veo las mismas casas de bronce terrozo, con adobes milenarios sacados de la misma tierra, tejas de ocre cenizo y cuarteadas por los gritos desesperados de los que se han ido y añoran. De grandes patios con tierra aplanada y pobladas de aves y sus pipioleras – invariablemente un enorme guajolote esponjándose y pavoneándose-. Gallinas, pollos, perros, puercos y guajolotes; todos caminando de aqui para allá y de allá para acá, nerviosos, buscando; como tratando de hallar a sus amos perdidos; implorando que vuelvan.

Son casi las dos de la tarde y la calle principal luce casi desierta, solo unas pocas mujeres y algunos ancianos deambulan en busca de sus propias almas desprendidas por el calor y la pobreza. Tantos años hacía que no visitaba aquel lugar, casi olvido el agobio del tiempo disuelto entre tristeza contenida, entre añoranza y lejanía.

Ya nadie queda, todos han marchado con rumbo opuesto a sus destinos, solo unos pocos que decidieron aguardar, centinelas que vigilan acuciosos el paso infinito del destiempo, el pasar de los siglos que se quedan en el mismo sitio atraídos por una paradoja interminable.
Aún me parece escuchar aquellas voces de aire tranquilo y cadencia abrazante, las dulces voces pueblerinas de mis tías, tíos, abuelas, primos y amigos. Me pasaba las noches sobre el regazo de mi madre escuchando fábulas inverosímiles de gente sencilla, lentamente las palabras se hacían sueño, sopor, transporte a un mundo distinto.

Ahora llego sin encontrar a nadie de aquellos del pasado, siento un terrible vacío que solo logro llenar con la soledad bestial, arrasante, devoradora de cada espacio posible. Uno a uno se fueron, dejando el maíz y el barro y todas las miserias de un lugar cuyo encóno con la abundancia persiste.
El sueño de tierras de riqueza los fué consumiendo, diluyendo para aparecer a miles de kilómetros de distancia, en tierras lejanas en dónde los sueños dejaban de serlo para convertirse en bello plástico, en felicidad de ficción, en anhelo alcanzado.

Continúo mi camino por el terregal, hundiendo mis botas sobre la espesa capa de polvo talquesino, A mi paso, solo el uh uh uh uh de esas aves misteriosas que siempre escucho pero que nunca veo, empiezo a dudar de que realmente existan y que en realidad ese sonido puedan ser los lamentos de la tierra cuando el sol reverbera con rencor infinito.

El camino a la antigua casa de la familia ha sido medianamente arreglado, lo recuerdo lleno de rocas caprichosas y de grandes picos, diseminadas a todo lo largo y ancho de la calle, apenas delimitada por las casas que fueron colocando al borde. Transito nuevamente ese camino después de más de veinte años; veo los mismos perros flacos que se revuelcan en la tierra para desprenderse de costras sarnosas. Ahora se acerca más a poder nombrarla como calle, le han puesto cemento, acomodados en enormes bloques rectangulares que como lápidas fueron colocados sobre el sendero antes pedregoso. Ahora las heces de vacas y caballos se notan mas, pues contrastan con el suelo blanquizco.
Conforme avanzo calmadamente, observo cada una de las casas sobre la calle, casi todas ellas aún de adobe y paja; sin duda taladradas por el tiempo, pero de pie desafiando a los elementos. Es curioso como en cada una de ellas vive un pequeño anciano vestido de manta blanca, sentado en una silla enana de palma y sosteniendo un bastón de ocote. De caras curtidas y arrugadas, como si se trajeran puesta una mascara impenetrable; es un detalle que ahora me percato y hago conciencia, escarbando en mi memoria recuerdo que desde que era niño los he visto y siguen ahí como los eternos guardianes; impasibles, atemporales, un escalofrío me cimbra desde muy adentro de la médula, -por que siguen ahí ?- , imperturbables ante el paso del tiempo, siempre sentados a un costado de los coscomates, siempre bajo la sombra de un gran árbol. Tal vez mis fantasías de niño no eran del todo infundadas, pensaba que en el fondo de aquellos graneros de adobe había grandes tesoros y si uno rascaba el maíz hasta el tope, hallaría lo inimaginable; el problema siempre al tratar de buscar el tesoro, era que el maíz al desplazarlo, volvía a su sitio, era como tratar de sacar agua de un bote hundido.
Es posible que sean parte de las repuestas de las que vengo es busca, fue como un llamado inconsciente que me atrajo nuevamente hasta este lugar.
Es como perforar los abismos infinitos de la vida y la muerte, es como taladrar al vacío; sin ver nada, sentir la punzante broca sobre las vísceras.

Imposible medir el tiempo en un lugar en el que este no tiene significado, sencillamente perdió la paciencia y decidió marcharse; todo permanece y desaparece, solo los agudos sentidos son capaces de encontrar –si es que lo hay.- por lo menos un indicio de que existió algúna forma de llevar cuenta de la vida.
Es irónico pero, llego buscando tiempo para reflexionar, hallar respuestas y lo que encuentro es un lugar sin el, ya no está, por que el desdichado no aguantó.
Ahora, que se ha ido, la vida en el pueblo se ha modificado, se transformó irremediablemente; sabe la gente que la muerte no llegará con el tiempo, si no que vendrá cuando esta quiera venir, podrá darle la gana en dos minutos, en cien años o en mil.

Olvidada en los Tiempos -violentos- D.F.

Llegue cuando las ciudades estaban vacías,cuando solo existía la intuición de tu presencia.
Personas que no existían, almas perdidas que querían estar ahí sin haber sido concebidas.

Extraños rumores de que algún día pudieran ser, si acaso habitar la obsesión de los dioses…
Cuantos afanes, que lujuria por llegar, por pisar suelo que está por conformarse sobre fangos atemporales, incólumes y que habrán de permanecer debajo, a la espera de mejor oportunidad para salir…saldrán.

Miles de afanes que conjuran entre si, avivan la esperanza de que algún día habrán de existir, cohabitar; aunque lo hagan encimados, arrimados codo con codo y arrebatándose inexistentes partículas de oxigeno…